Bésame por favor… bésame…
La abrazó como siempre lo hacia, con fuerza desmesurada, un abrazo cálido, estrecho y reconfortante. Las manos se perdieron por la suavidad por descubrir de su espalda de niña-mujer, dibujando con los dedos caricias y escalofríos. Fuego y viento. Tormenta que despertaba con el calor que manaba bajo el vientre y se extendía por la piel, por las sábanas, por el cuarto… La empujó levemente llevándola hasta el borde de la cama y aún de pie ella se refugió una última vez en aquel pecho que siempre había sido refugio, único refugio contra la realidad. Después, se dejó caer sobre la cama. Y esperó.
Él la miró desde la altura recreándose en cada milímetro de su cuerpo. Que estupidez, pensó, que ella sea tan bella y yo esté tan ciego. Amaba contemplarla por encima incluso de hacerla suya. Amaba cada rincón, cada recoveco de aquella figura irreal y enigmática que la penumbra solo hacia más deseable. Quería hacerla esperar, acentuar sus sentidos hasta el límite justo en que se cruza esa invisible línea entre la razón y el instinto. Entre el hombre y el animal hambriento.
Hambre. Y de nuevo aquellas palabras.
Bésame por favor… bésame…
Era más de lo que podía contenerse. Una fuerza ajena le acerco hasta ella, cubriéndola con su cuerpo por completo. Entregándose al placer del tacto de la piel desnuda. Sus manos aprisionaron las delicadas muñecas contra el colchón y cumpliendo sus deseos la beso. Lentamente, despacio, se deslizó por su cuello, al compás de un latido y de un gemido, profundo y suave, que parecía alargarse más allá de lo imposible. Aquel gemido que le hipnotizaba y lo sumergía en el mundo de lo irracional. Sintió que sus manos ya no le obedecían y bajaron junto con él al nacimiento del pecho, sus dedos quisieron detenerse pero sus labios habían trazado ya el camino, que lo arrastraban sin remedio al epicentro de sus deseos. Allí donde acababa el vientre y comenzaba su locura.
La sintió temblar. Sombras y sensación. Ya no era él. Era solo un recuerdo perdido que le ardía en el pecho y dolía, terriblemente, absurdamente. Quemaba…. Quemaba… quería gritar, ser escuchado por encima de aquel incesante zumbido dentro de su cabeza.
Pero no fue su grito el que oyó.
Ella gritaba y él se detuvo, dejando que disfrutara de aquella corriente de sensaciones que recorrían su silueta, haciéndola arquear la espalda. Aún con su olor en los labios se acercó a su rostro, observando sus parpados cerrados y la respiración entrecortada. De un lugar, muy lejos de aquella habitación, susurradas por el viento de la noche, llegaron las palabras…
Bésame por favor… bésame…
Y la besó en los labios. Después oscuridad, sombras, silencio, y el fin de un sueño. El fin de un sueño…